La vida es una moneda

Hoy es de esos días en que necesito escribir y no tengo muy en claro sobre qué… pero me gustaría hablar un poco del tiempo. No como concepto relativo o estructura creada por los seres humanos, sino como aquello que realmente invertimos en las diferentes cosas y personas de nuestra vida. Hace poco recordé una frase que vi en un colectivo: “¿Cuánta vida te está costando tu sueldo?”. Y así, de golpe, me vino a la mente el argumento de la película In Time (El precio del mañana). Por si no la han visto, la película plantea un futuro distópico donde toda enfermedad, padecimiento o causa de muerte natural ha sido erradicada, y las personas solo envejecen hasta los 23 años. A partir de ahí comienza a funcionar un reloj interno que les marca un año de vida restante. Para seguir viviendo deben trabajar y ganar tiempo. En ese mundo, todo se paga con tiempo: impuestos, transporte, comida, servicios… así que básicamente trabajan para vivir y para gastar. Hasta ahora no encuentro mejor forma de graficar lo que nos cuesta, no solo el trabajo, sino también los “gustos”. Hace poco alguien me dijo: “El dinero se recupera”, justificando un gasto un poco excesivo de un finde. Automáticamente pensé en esto y le respondí: “Sí, por supuesto que el dinero se recupera, pero el tiempo no. Específicamente el tiempo que te costó obtener ese dinero”. Y ustedes me dirán: “Bueno, pero entonces, ¿para qué trabaja uno si no puede disfrutar?” (porque ya los conozco). Y sí, parece merecido gastar después de tanto esfuerzo. Pero, salvo las particularidades de cada quien, parece un juego desparejo gastar tiempo para obtener tiempo… ¿no? Me vino también a la mente ese cuento/chiste precioso en el que un empresario encuentra a un hombre descansando bajo un árbol con una caña de pescar. El empresario le argumenta que estaba perdiendo el tiempo y que podría pescar más, vender, crecer, tener barcos y así un día poder descansar tranquilo. Nuestro pescador, más filósofo que recolector, simplemente le responde: “Es justo lo que ya estaba haciendo”. Con esto no quiero hacer apología a la flojera o a la pereza (cada quien con sus pecados capitales), pero sí creo que debemos estar atentos a en qué invertimos ese tiempo que nos costó tanto trabajo. Si lo vemos así, quizá seamos más cuidadosos y valoremos mejor en qué, dónde, cómo y con quién lo gastamos. Que no reconozcamos la importancia del tiempo cuando ya se nos esté yendo el tren, ¿ah? Hoy más que nunca, gracias por gastar tu tiempo en leer. Abrazos, vasos y besos.

Comentarios