Buenas y santas, queridos!!
Desde que inicié a escribir vengo esquivando tocar el tema del amor, debido a que no es precisamente el área donde más cómodo me siento. Es más, le escapo permanentemente tanto en mi área de trabajo como en mi vida personal, jeje.
No entiendo mucho del amor, y justamente creo que estoy en una etapa de cuestionar los preceptos que traía al respecto.
Pero hace poco llegó a mí una entrevista de mi querido Dolina, junto a mi no tan querido Rolón, donde encaran (como es esperable en estos dos maestros) precisamente la cuestión del amor. Esto despertó en mí una curiosidad que, como no podía ser de otra forma (y para pesar de los lectores), decidí escribir.
Lo primero que quiero rescatar es un fragmento de esta entrevista, cuando Dolina dice: “el amor se parece a un milagro”. Rolón rápidamente suma que se parece a un milagro porque hace un poco más interesante la existencia, retomando un punto dicho anteriormente por Dolina: que la existencia tampoco tiene tanta importancia o interés. Y uno acá humildemente reconoce que ahí es donde cobra sentido enamorarse y amar: encontrarse con eso que le da color a la vida y música al sonido.
Al lector más perspicaz no se le escapará que hay pocas cosas más insoportables que un amigo enamorado… porque es solo en su mundo donde se produjo el milagro y los colores son más vibrantes, los sonidos más vivos. Para uno que está al lado, no solo la vida sigue igual de aburrida, sino que además hay que bancarse al plomaso haciendo honores a una más común que ladrillo naranja, pero que para él se parece a un lingote de oro.
Y sí: el enamorado, tomado por el sentir, suspende un poco el pensamiento y se entrega por completo a vivir la aparición, a sentir.
El amor requiere de alguna mentira, de esa ilusión y fantasía que nos da la esperanza cual truco de magia. Y así como la magia, la condición de un milagro es ser escaso, repentino, impensado y sobre todo mágico. El enamorado se sorprende con ese encuentro y lo vive como único, y él mismo se siente único en la mirada de ese otro. (Esto, para todos los que buscan amores a la vuelta de la esquina: eso no es amor, y no se trata de eso).
Por eso duelen tanto los engaños o traiciones: porque nos recuerdan lo individual del goce y nos bajan a la tierra de un plumazo, remarcando que no somos únicos.
Se dio también, en el marco de hablar de amor con una paciente, que frente a los cuestionamientos propios yo marcaba que a veces uno intenta todo para no perder al ser amado, y nos inunda el pensamiento de no ser, haber sido o hecho suficiente para el otro. Pero en realidad, ese milagro que es el amor (y que como todo milagro aparece sin esperarlo, pedirlo o buscarlo), a veces se termina sin más explicación que su punto final. Se terminó. Y no tiene que ver con lo que uno haga o deje de hacer.
De la misma forma, es complicado ir por la vida forzando los milagros. Digo: nadie pasa horas mirando una roca esperando la aparición de la imagen de San Judas Tadeo, o quema tostadas con la expectativa de que se asome la virgen indicando algo. Es más: cuando alguno mira al cielo pidiendo pruebas de una fuerza superior, en la mayoría de los casos o no llega, o uno se convence de que un cambio en las luces del semáforo fue tal indicio. Pero lo que realmente pasa es que un milagro tiene tal carácter justamente en torno a lo inesperado, lo volátil y lo único.
Hoy en día hay tanto miedo y descreimiento general que no es de extrañar que la idea de presenciar un milagro, a veces, nos haga salir corriendo. Con cuántos miedos nos encontramos cuando lo mágico se nos presenta. Le ponemos tantas trabas y condiciones que el instante se nos pasa. ¡Y todo por temor a salir estafados! Como en un juego callejero, descubrir que las cartas están marcadas o las habichuelas escondidas.
En tal caso, lo que queda es tener el corazón dispuesto y la mente libre, para no dejar pasar ese milagro. ¡Pero! sin correrlo por las esquinas, ya que todo lo que se fuerza se rompe. Dejarnos encontrar por la magia y disfrutarla. Y si resulta ser un engaño… creo que no hay otro que valga tanto la pena.
Queridos piratas: abrazos., vasos y besos

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