Pájaros de cartón

Hoy no voy a desarrollar ideas muy profundas ni asociaciones largas o rebuscadas.
Hoy simplemente voy a contar la historia de alguien que supo ser inspiración y empuje en mucho de lo que hoy soy.

Gran parte de mi costado más artístico y creativo fue apoyado e inspirado por mi abuela Carmen, quien supo convertir un cartón en un pájaro para mí (siendo yo muy chico). Y si bien, con la inocencia de un niño, le reclamé que yo quería un pájaro “de verdad” —en ese momento las nociones de tridimensionalidad se me escapaban—, hoy debo admitir que nunca va a haber un pájaro más bello que ese. Sin saberlo, despertó en mí una curiosidad y un deseo que aún hoy llevo a cuestas.

Ella, que infinitas veces fue el abrazo que me recibió al volver de la escuela; que me fue a buscar en ocasiones de enfermedad o simple vagancia; que me hizo conocer la pintura y los cuentos; cuya comida no tiene ni tendrá comparación jamás (no por lo extravagante, sino por el amor puesto en cada preparación).

A ella, que muchas veces me siguió el juego en caprichos e ideas, que me consentía a escondidas de mi vieja —como buena abuela—, que me pasaba plata sin que nadie supiera y que se tomaba el tiempo de escucharme y ver mis dibujos animados para saber qué quería yo de regalo.

Una persona sumamente culta y con mucha lectura y conocimientos, pese a no haber terminado sus estudios primarios. Gracias a ella incursioné en los crucigramas y juegos de palabras (nunca sabré a ciencia cierta cuántas palabras conocía). Supongo que también es parte del motivo por el que disfruto y me refugio en la escritura.

Junto a mi abuelo criaron dos maravillosos hijos, y construyeron desde cero —con mucho esfuerzo— un patrimonio no solo en bienes, sino en cariño familiar.
Ella, que supo ser peluquera (y mi peluquera hasta mis 19 años), cocinera, costurera, heladera, vendedora, y no sé cuántas cosas más.

Es mucha una vida para sintetizarla en unos párrafos. Simplemente puedo decir que estuvo presente en cada etapa de mis 41 años.

¿Y por qué recordarla así?
Porque eso me queda y me llevo. Porque todos esos recuerdos son los que hacen más coloridos los días y me moldearon. Porque supo ser puente y unión, encuentro y comprensión, cuidado y refugio.
Y porque hoy, a sus 95 años, con mucha historia y amor, falleció mi abuela.

Hoy no hay palabras —mucho menos abrazos o besos— que cubran ni reparen.
Así que simplemente me despido.
Hasta la próxima.

Comentarios